¿Sabe usted cuánto tiempo y cuanto esfuerzo – a todos los niveles- se requiere para poner en marcha una empresa? Y, ¿sabe cuánto tiempo -y sin mucho esfuerzo- se necesita para cerrarla?

Normalmente, las respuestas a estas preguntas deberían ser sencillas y rápidas, por evidentes. Cualquiera tendría que saber lo que representa hacer empresa y lo que supone acabar con ella.

Sin embargo, en nuestro país, y a la espera de saber mañana cuales son las medidas que tomará el consejo de ministros al respecto, las respuestas oficiales dadas hasta ahora resultan claramente insuficientes.

La pandemia requiere una respuesta total. A estas alturas, después de la lamentable gestión inicial desde el Gobierno, nadie duda ya de este convencimiento, como nadie duda tampoco de que la única respuesta válida para hacerle frente es la unión de todos. Sin excepciones.

Esa que está demostrando la sociedad, que, como de costumbre, marcha muy por delante de sus gobiernos. Y este es un ejemplo perfecto.

Toca pues, dimensionar esta respuesta total, y tras la salud y la vida de las personas, hay que poner el foco en la economía.

En las empresas, que son quienes crean el empleo, y en los autónomos. En la gran mayoría del tejido empresarial español, ese que se conoce como pyme y cuyos ingresos (sus pagos) es una de las claves de bóveda de las cuentas del Estado.

Lo que haga falta

Todo el mundo recuerda aquella frase de Mario Draghi el 26 de julio de 2012 con la que salvó el Euro. Whatever it takes. El entonces presidente del BCE, sacó la artillería pesada sin contemplaciones.

Tenía que resolver una situación y lo hizo. No se puso de lado, ni vaciló, ni perdió el tiempo. Hizo uso del liderazgo que le correspondía porque tenía claro la representación de su cargo.

Contrasta aquella contundencia con la respuesta que han recibido estos días quienes han usado la misma frase de una forma u otra. Sin ir más lejos, eso se esperaba en la comparecencia de Cristine Lagarde, su sucesora, el pasado jueves, que resultó al final un fiasco absoluto.

Tanto, que el economista jefe del BCE, Philip Lane, tuvo que salir el viernes a apuntalar el mensaje en un intento de trasladar seguridad tras la reacción extremadamente desconfiada de los mercados.

Lagarde ante la encrucijada

En nuestro país, pasó algo parecido. El mismo viernes, el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, compareció a mediodía para decir que “haremos lo que haga falta, cuando haga falta y donde haga falta para parar el virus” mientras preanunciaba que el sábado anunciaría el Estado de Alarma.

Sin embargo, el anuncio se empañó por la pugna y el desacuerdo del consejo de ministros, produciendo una sensación general de escepticismo por la falta de control de la situación. Una sensación ayudada, sin duda, por las incertidumbres internacionales.

El derrumbe

A estas horas del lunes, el Ibex se derrumba junto al resto de plazas europeas ajenos los índices a la acción concertada de los bancos centrales.

Hemos entrado en la zona cero.

 

El Ibex se desploma

 

Si mañana no hay una respuesta valiente y decidida, una respuesta total, desde el consejo de ministros para salvar el máximo de empresas y autónomos, y por tanto de empleo, y por tanto de ingresos públicos, y por tanto de impuestos (el resto es fácil de adivinar hasta para los más “ortodoxos”) las consecuencias, que ya son perfectamente imprevisibles, se agravarán todavía más.