La desconfianza social provocada por el caso Facebook revalúa el papel de las data-driven companies (DCC) o empresas en las que los datos dictan la estrategia aún cuando su gestión y los sesgos son puramente humanas. Se trata de decidir con rigor en la “cultura del dato”.

Este auge de las empresas data-driven –2017 fue su año– se deriva del inmenso caudal de información disponible sobre los consumidores y ciudadanos, (sobre nosotros mismos) y la creciente “alfabetización” en la materia, lo que se denomina data literacy, que consiste en el análisis, la interpretación, la argumentación y el uso de los datos para convertirlos en información solvente.

Si desde un punto de vista matemático el dato es precisión, desde un punto de vista interpretativo el dato es conversación y con un extraordinario grado de subjetividad. Aunque, todo tiene un equilibrio: la mayoría de los expertos aseguran que la toma de decisiones no se puede simplificar dejándola sólo a los datos sin más o solo a la intuición sin datos. Ambos deben complementarse en su justa medida. Aderezada, por supuesto, con la lógica, la experiencia y el rigor. O de forma más sencilla, el sentido común.

La cultura del dato

Vivir en la cultura del dato es inevitable. Y apasionante, desde luego. Un uso adecuado y correcto de los datos es fundamental, y lo será absolutamente más en el futuro, para la toma de decisiones en cualquier ámbito. Esta versión actualizada del viejo aserto “la información es Poder”, es preferente para las empresas, sea cual sea su actividad y dimensión, porque ese uso adecuado y correcto es un elemento indispensable de competitividad.

Foto de Markus Spiske

A partir de ahí, hay que buscar, y encontrar, el equilibrio. Hay que saber analizar e interpretar la información de los datos y traducirla en conocimiento aplicado. Hacer que cobre valor más allá de los simples números y las tendencias probables e incluso previstas. Y parece que, en esto, los españoles estamos a la cabeza de los europeos que más convencidos estamos de “nuestra capacidad de entender, gestionar y analizar grandes volúmenes de datos”, según la consultora Qlik, especializada en tecnología de análisis visual de datos.

De hecho, uno de cada cuatro profesionales españoles se considera “alfabetizado” en el trabajo con datos por encima de ingleses, suecos, alemanes y franceses, en una media europea que se encuentra en el 17 por ciento. Y sin embargo el reto de gestionar acertadamente las decisiones a partir de los datos no es fácil. El análisis y la interpretación solo pueden hacerse desde el rigor y una visión amplia y multidisciplinar.

Decisiones correctas

Hay que recordar que, a pesar de la estadística, no todo el mundo está preparado para analizar e interpretar datos. Y por tanto, para tomar las decisiones correctas. Los sesgos son siempre inevitables, pero corresponde a la figura del auténtico estratega tener esa visión amplia y multidisciplinar del campo de juego para reducirlos a la mínima expresión.

Siempre según los expertos, esa visión general es la suma de los datos y de las propias “visiones” de los miembros de un equipo multidisciplinar y profesional. Se trata, pues, de acertar con las combinaciones equilibradamente y con realismo. En este sentido, resulta un error igual de evidente aplicar solo la intuición y tratar de adaptar los datos a una “realidad” propia y previa. Primero el pre-juicio y luego el dato que se adapta a ese pre-juicio.

La realidad no se puede moldear a capricho -disfrazándolo de análisis- ni adaptarla al deseo -llamándolo intuición-. La gestión en esta “cultura del dato” tiene más soportes que nunca para que la toma de decisiones sea lo más eficiente posible. Y aunque los errores sean inevitables -como los sesgos- pueden reducirse considerablemente.

Partiendo siempre de premisas estratégicas realistas, y persiguiendo objetivos estratégicos realistas, combinar el espíritu data-driven con el rigor en el análisis es imprescindible para acertar con la toma de decisiones y, desde luego, para minimizar riesgos. Esto es hacer empresa.

Y es que del sueño al desvarío o la extravagancia hay una difusa línea fácil de cruzar -aunque sea involuntariamente- que suele resultar letal tanto para una cuenta de resultados como para la mejor reputación, de la que ya sabemos que, una vez perdida, es muy difícil recuperarla. Al menos, para los mismos protagonistas.