Lo sucedido en torno a la dirección de TVE estos días es un perfecto ejemplo de la idea que se tiene en el mundo de la Política del “servicio” que deben prestar los medios públicos de comunicación.

La designación del nuevo director de la radiotelevisión española, en razón del cambio de gobierno, se ha convertido en un asunto chusco y lamentable, cuando menos. Cada uno puede ponerle los adjetivos que quiera en función de la opinión que se haya formado -o que quiera formarse- pero, de partida, es patente el daño que, una vez más, se le hace a la credibilidad del sistema.

No se trata de trascendencia, se trata de sonrojo, profundo, por la forma en la que se manejan los cambios institucionales que acompañan a un cambio de gobierno, que al final se reduce a una nueva repetición del viejo “turnismo” decimonónico de Cánovas y Sagasta. Este hilo de la cuenta de twitter de la periodista Ana Pardo de Vera es extraordinariamente elocuente

Calidad democrática

El que las instituciones públicas debieran estar por encima de estas cuestiones es de primero de separación de poderes, incluso de “preescolar” de convivencia civil, pero resulta decepcionante que la cuestión aparezca una y otra vez erosionando la calidad democrática estructural de la España de 2018 debido al descaro “normalizado” con el que se actúa.

Cada vez que hay que pensar y actuar en “términos de Estado”, se utilizan los mismos “manuales” de gobierno y oposición (de “gobiernos y oposiciones en cualquier lugar”) para justificar que la politización de la inmensa mayoría de los organismos es responsabilidad del adversario y es necesario “liberar” la institución. Nadie está a salvo de la tentación y nadie lo ha dejado de estar como llevamos viendo tantos años. Es elcorpus” del relato turnista: “ahora nos toca a nosotros”.

Foto: TVE

La comunicación pública, entendida como la que se realiza a través de los medios públicos, no puede seguir deviniendo en adoctrinamiento activo o pasivo -cuya intensidad siempre es a demanda de los despachos -o espacios realmente influyentes- según sea quién ocupe la administración competente por pura educación democrática. La demanda de transparencia y ética por parte de los ciudadanos, la lucha contra el relato “fake”, sea una noticia o una sucesión de acontecimientos y la responsabilidad social de evitar la deformación, por desinformación de la opinión pública, así lo exigen.

El valor de la gestión

Y por último, y en este caso concreto: la gestión de una empresa pública estratégica -además de todos, con alto valor para todos- como RTVE debe estar a cargo de personas capacitadas, no vale cualquiera ni mucho menos, y la producción y edición de su materia prima, la información como servicio social, a cargo de periodistas profesionales e independientes. Con criterio propio, por supuesto, pero atendiendo a los intereses generales de los ciudadanos, de todos, y  no al suyo particular -vote a quién vote o piense lo que piense-.

La credibilidad del periodismo y de la propia comunicación social como acción y servicio se juega en campos como este, el de los medios públicos. Y más en el de los medios públicos lideres. Al menos, en presupuesto, recursos e influencia, aunque como apunta el periodista Carlos Salas, los jóvenes prefieren Netflix.

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