Desde el primer momento en el que subió al poder el 30 de enero de 1933, Adolf Hitler desplegó su estrategia de rearme militar con la que vengaría la “traición al pueblo alemán” que había significado el Tratado de Versalles. Para la inmensa mayoría del Reichswehr (nombre del ejército desde 1921) la llegada de los nacionalsocialistas al gobierno representaba esperanza, liberación y recuperación de la autoestima perdida.

Cuando la madrugada del uno de septiembre de 1939, las tropas alemanas cruzaron la frontera de Polonia y comenzó la segunda guerra mundial, los jerarcas nazis habían ya interpretado, y ejecutado con perfección demoníaca, los deseos de Hitler de contar con una máquina militar mayoritariamente fiel al nazismo. Y así sería hasta el último minuto de la contienda, cuando el almirante Karl Doenitz firmó en Flensburg la capitulación de Alemania el siete de mayo de 1945.

De Zossen a Walkyria

El único foco rebelde en serio del ejército alemán en los doce años de nacionalsocialismo fue liquidado con la máxima crueldad el 20 de julio de 1944. Ese día, el coronel Claus Von Stauffenberg fracasó en el intento de asesinar a Hitler en su cuartel general de Rastenburg, en Prusia -la famosa guarida del lobo– en lo que se conoció como Operación Walkyria. Y, sin embargo, la Gestapo seguía la pista a los conspiradores desde 1938, cuando descubrió la conspiración de Zossen.

Göering escucha a Fritz Todt en Nuremberg, 1938. Fotografía Suddeustche

Dos de los altos oficiales que murieron trágicamente tras el fallido atentado del 44, el mariscal Erwin Von Witzleben y el general Hans Oster, fueron protagonistas de aquella primera “conspiración” que activaron tras las sucias maniobras de Herman Göering y Heinrich Himmler, los jerarcas nazis más íntimamente ligados a Hitler, para eliminar al mariscal Werner Von Blomberg, Ministro de la Guerra, y al general Werner Von Fritsch, jefe del ejército.

Ambos, Göering y Himmler, ejecutaron los planes de Hitler para hacerse con el control del ejército. El primero, llevado por su ambición evidente e inhumana. El segundo, por su maldad intrínseca. Y los dos se convirtieron en aliados de conveniencia, guardando las apariencias de acuerdo a intereses comunes.

La eliminación de Röehm

El primer paso fue la eliminación de Ernst Röehm, el viejo camarada de Adolf Hitler. Jefe de los camisas pardas -las SA- fuerza paramilitar del partido nacionalsocialista, Roehm había sido útil como el líder de la lucha callejera en los años “difíciles”. Sin embargo, una vez ocupado el poder, se enfrentó con el mariscal Von Blomberg porque quería que el ejército formara parte de sus SA.

Hitler junto a sus jerarcas.Roehm, Goering y Himmler, de uniforme negro

Hitler se negó repetidamente porque no estaba en sus planes soliviantar a los oficiales que quería llevar a la guerra años después con la ensoñación de un amigo. ¿Cómo iba el ejército alemán a integrarse en las SA, una banda paramilitar?

Göering y Himmler encontraron su gran oportunidad. Convencieron al dictador de que Röehm quería convertirse en el auténtico Führer, y este no dudó en ordenar su ejecución en julio de 1934 y con ella, la de un alto número de cargos de las SA. Por supuesto, acabaron con la organización.

En 1935 nació la Wehrmacht y Hitler ya no ocultó sus planes. Un año después ocupó Renania, desmilitarizada desde el fin de la primera guerra mundial, y suscribió un pacto con Franco para mandar armas y aviones a España e intervenir en la guerra civil.

Mientras, las SS de Heinrich Himmler habían comenzado a sustituir a las SA y la Gestapo se estaba convirtiendo en lo que luego se definió como “un estado dentro del estado”, una formidable arma de terror. Y Göering, que tenía como objetivo el ministerio de la Guerra y pensaba que tras haberse quitado de en medio a Röehm tenía el camino despejado, se movió para eliminar a Von Blomberg, titular de la cartera.

El proceso contra los generales

Göering pudo urdir casualmente su trama gracias a un informe de la policía berlinesa. En él, se tachaba de prostituta a la joven esposa de Von Blomberg, Eva Gruhn, recién casada con el mariscal, e incluía fotos inequívocas de la acusación. Hitler, que había sido testigo en la boda y era profundamente puritano en cuestiones personales, se sintió engañado y exigió al mariscal que se divorciase de inmediato. Pero este, reaccionó dimitiendo de su cargo y marchándose a vivir a Italia con su joven mujer obviando las acusaciones.

Sin embargo, Hitler no nombró ministro a Göering sino que eligió al general Werner Von Fritsch, jefe del ejército de tierra, un soldado a la antigua usanza, estricto y muy profesional. Por descontado, el adjunto al Führer, no cejó en su objetivo y buscó deshacerse del general. Para ello, y de acuerdo con Himmler, que también quería eliminar a Von Fritsch por haberse negado a que las SS formasen parte del ejército, organizaron un vergonzoso proceso.

El general Von Fritsch en el centro, con Von Blomberg a la izquierda y el almirante Raeder a la derecha

Usaron a un delincuente llamado Otto Schmidt, acusado de chantajear a hombres de buena posición social que mantenían secretamente relaciones homosexuales con jóvenes dedicados a la prostitución. Interrogado por la policía berlinesa, Schmidt creyó identificar en una fotografía a Von Fritsch, que además era un conocido soltero, como uno de aquellos caballeros que utilizaban los servicios de los prostitutos.

Por supuesto, Göering y Himmler prepararon un dossier convenientemente cocinado para entregárselo a Hitler, que preso de un enorme disgusto – “¡el ministro alemán de la Guerra no podía ser un depravado!”- llevó al general ante un tribunal militar. Sin embargo, las pruebas eran falsas y no aguantaron. El delincuente Schmidt se derrumbó en el careo con Von Fritsch y la Gestapo no pudo obtener nada en sus interrogatorios.

El fracaso de Göering

Viendo el cariz que tomaban las cosas, no se encontraban pruebas de ningún delito, y antes de que Hitler se diera cuenta de la trama de sus dos pretorianos, el tribunal absolvió rápida y discretamente al general que dejó el ministerio de la Guerra “por motivos de salud”.

Pero el deseo de Göering no llegó a cumplirse: Hitler no lo nombró ministro porque prefirió eliminar directamente el ministerio y sustituirlo por el Alto Mando de la Wehrmacht, mucho más cómodo de utilizar para la guerra que se avecinaba.

Churchill visita Coventry tras los bombardeos alemanes Foto winstonchurchill.org

Una vez iniciada, Göering prometió a Hitler a finales de mayo de 1940 que doblegaría a Inglaterra tras la retirada de Dunquerque con la Luftwaffe, la fuera aérea alemana de la que era comandante pero fracasó irremisiblemente. Presuntuoso, resentido y poco inteligente, cayó en la trampa que le tendió Winston Churchill cuando este ordenó el bombardeo de Berlín y desvió el objetivo estratégico de los combates aéreos.

De buscar la eliminación de la aviación inglesa en combate y destruir sus aeródromos, Göering pasó a bombardear Londres, “picado” en su amor propio por el bombardeo de la capital alemana y avergonzado ante Hitler. La aviación inglesa pudo recuperarse, aún a costa de la pérdida de un enorme número de vidas civiles, –las elecciones típicas de Churchill– y Göering perdió la batalla de Inglaterra.

El 15 de octubre de 1946 fue ahorcado en Nuremberg como criminal de guerra. Himmler, se había suicidado año y medio antes.