¿Cree usted que Winston Churchill contempló seriamente negociar la paz con Alemania en mayo de 1940?

“Lucharemos en Francia, lucharemos en los mares y en los océanos, lucharemos cada vez con más confianza y fuerza por el aire; defenderemos nuestra isla a cualquier precio. Lucharemos en las playas, en los lugares de desembarco, en los campos y en las calles; lucharemos en las montañas; no nos rendiremos nunca; y por más que esta isla o buena parte de ella quede sometida y hambrienta, cosa que no creo ni por un instante, nuestro imperio de ultramar, armado y protegido por la Armada británica, continuará la lucha hasta que, cuando Dios quiera, el Nuevo Mundo, con todo su poder y su fuerza, de un paso al frente para rescatar y liberar al Viejo”.

Este es, posiblemente, el instante más dramático y emotivo del discurso que pronunció Churchill el cuatro de junio de 1940 en la Cámara de los Comunes, apenas 24 horas después de la evacuación del ejército en Dunquerque. Un “milagro”, según el punto de vista aliado, una “concesión”, según el alemán, que permitió el regreso a las islas de 300.000 soldados.

De hecho, muchos historiadores militares creen que Hitler dejó escapar las tropas inglesas a propósito cuando tenía en su mano haberlas destruido, o al menos capturado, dado el avance de sus tanques y la “tenaza” que podía haber cerrado contra las playas.

Volvamos, pues, a la pregunta inicial: ¿cree usted que Winston Churchill contempló seriamente negociar la paz con Alemania durante esos días?

La vía Halifax

Es la tesis que plantea el novelista inglés Anthony McCarten en su libro “El instante más oscuro”, escrito como un trabajo secundario frente a la obra cinematográfica -se vende con la llamada “El libro de la película”- que ha reportado el Oscar al mejor actor a Gary Oldman en su interpretación de Churchill.

McCarten responde “sí” a la pregunta. A pesar de que es “consciente de que se trata de una teoría muy impopular”, el autor cuenta como el primer ministro se avino a “permitir” el tanteo de Lord Halifax, su ministro de asuntos exteriores, para abrir una vía de negociación con Hitler a través del “signorBenito Mussolini.

Y sin embargo, lejos de poner en duda el valor y el liderazgo de Churchill, MacCarten considera que esa “indecisión” hace más humano y real al personaje y engrandece más su figura y su “reputación”.

Winston Churchill. La Vanguardia.

La blitzkrieg mostrada en Polonia y semanas antes en Dinamarca y Noruega, parecía una crónica lejana escrita en los periódicos hasta que llegó a Bélgica y Francia. La movilidad combinada de los blindados y los aviones alemanes destrozó los viejos conceptos estáticos de la primera guerra mundial en los que todavía creían franceses e ingleses.

La derrota inevitable

La velocidad, precisión y resolución del ataque alemán, conducido por los oficiales más “innovadores” en el arte de la guerra, un general llamado Erwin Rommel fue uno de los grandes protagonistas al mando de su división acorazada, provocó una enorme conmoción política en el bando aliado. Tres días después de su nombramiento como primer ministro, los alemanes atravesaron las Ardenas, consideradas infranqueables hasta ese momento, y la derrota inevitable comenzó a dibujarse en el horizonte más cercano.

En esas semanas hasta el regreso de la FEB (Fuerza Expedicionaria Británica) del continente, apenas 20 días, Winston Churchill tuvo que hacer frente a una profunda crisis, posiblemente una de las más difíciles de la historia, como dirigente político y como ser humano. La tensión y la presión que conllevaba digerir las peores noticias a diario y tratar de hacerles frente con la insistencia interna para encontrar una salida negociada tuvieron que ser extraordinarias.

Cita MacCarten el diario de John Martin, secretario particular de Churchill: “durante todos aquellos días espantosos el primer ministro permaneció absolutamente firme; pero era muy fácil sentir la responsabilidad que recaía sobre sus hombros y la atención y emoción con la que contemplaba la angustia de Francia”.

Y cita también el diario de Neville Chamberlain, miembro del gabinete de guerra tras su obligada dimisión como primer ministro a primeros de mes.  “Churchill dijo el 27 de mayo que si lográbamos salir de este lío cediendo Malta y Gibraltar y algunas colonias africanas, no dejaría pasar la oportunidad”.

Un discurso excepcional

Una semana después, disipó todas las dudas con el famoso discurso en el parlamento, un discurso excepcionalmente trabajado y preparado, como era su costumbre: dictado inicial, repaso e inclusión de notas para elaborar un semiborrador; nuevo repaso personal y conjunto con otros colaboradores para llegar al borrador y, finalmente, repaso final para el texto definitivo.

Merece mucho la pena leer el libro de MacCarten, a pesar de que esté supeditado a la película (de la que me quedo, por supuesto, con la interpretación de Oldman). No solo por el “descubrimiento” de esos instantes oscuros, sino por la descripción de la personalidad de Churchill, “no tenía talento para la paz” -lo había demostrado con sus grandes errores políticos como ministro durante el período de entreguerras- y “no entendía fácilmente que otros tuvieran miedo” -como había criticado en Chamberlain y Halifax.

Portadas de las ediciones del libro de Anthony MacCarten

Y por el retrato de su liderazgo: “todos los líderes necesitan tener suerte y la que necesitan es que los tiempos se correspondan con sus aptitudes”. Como decía el presidente Roosevelt de Churchill: “tiene cien ideas en un solo día. Cuatro son buenas y las otras 96 son sumamente peligrosas”.

Después de todo, perdió las elecciones en julio de 1945 frente al laborista Clement Attlee, que había sido un fiel colaborador suyo en aquellos días de mayo de 1940. Los ingleses reconocieron su coraje para guiarlos en la guerra, su falta de miedo, pero no habían olvidado su falta de “talento para la paz”. Pura memoria histórica.

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